Punta del Este: entre el mar y el río


Romántica y divertida, jovial y clásica, glamurosa y cordial, vitivinícola y carnívora: algunas facetas de una ciudad entre dos aguas.

 

El segundo país más pequeño de América del Sur es también uno de los más sofisticados para vacacionar, sobre todo en la lengua de tierra bañada por las aguas del Río de la Plata, en un extremo, y el Océano Atlántico, en el otro. Punta del Este es la península a la que apunta la brújula cuando se trata de descansar, disfrutar de la playa y comer como nunca. Pese a su magnetismo, sigue siendo muy exclusivo, y la combinación de naturaleza y ciudad tiene un encanto único.

 

La experiencia de playa tiene al menos dos versiones: los deportes acuáticos más extremos, los viajeros más jóvenes y la fiesta están en playa Brava; en playa Mansa, de aguas más tranquilas, se puede practicar esquí y es uno de los palcos más privilegiados para ver el atardecer.

Fuera del agua, la oferta de actividades va de compras (aquí hay boutiques de los mejores diseñadores del mundo) a museos (incluida la visita a la hermosa Casapueblo, a pocos kilómetros de Punta del Este). Hay que hacer una larga pausa en la gastronomía: aquí el vino es un protagonista de cada mesa, y los restaurantes ofrecen experiencias de cata que realzan los sabores de una región que se caracteriza por su multitud de herencias. De rigor: comprar una botella de Tannat, de preferencia mientras hace un tour por viñedos y bodegas.

 

Un paseo por las afueras lo conducirá a Arboretum Lussich, una reserva forestal en la que se conservan diferentes especies de árboles y plantas que vale la pena ir descubriendo en una larga sesión de senderismo. Desde los puntos más altos, las vistas son de fotografía.