San Andrés: a son de reggae


 

Dicen los isleños que quien llegue a esta isla con forma de caballito de mar no se querrá marchar. Y tienen razón: es un paraíso imposible de olvidar.


A 700 kilómetros de la costa colombiana está una isla que ha sido habitada por piratas españoles, colonos ingleses, esclavos africanos y emigrantes de la Colombia continental. El resultado es la cultura raizal, una población con su propia lengua —el creole— y una alegre hospitalidad cuyo himno es el reggae.

 

Basta un vuelo de una hora desde Bogotá para contemplar desde las alturas el mar de siete colores que rodea a esta pequeña isla, donde se llega a todas partes a pie.

 

Cayo Rocoso es la primera parada obligada: una playa de arena blanca a la sombra de las palmeras. Se pueden rentar equipos de buceo para contemplar de cerca la impresionante fauna marina y los restos de un naufragio.

 

La experiencia de San Andrés no está completa sin una visita al Islote Sucre (también conocido como Johnny Cay): a 15 minutos en lancha, rodeado por las salientes de una de las mayores barreras de arrecife de coral. Entre sus formaciones hay pozos de agua que son remansos de tranquilidad.


San Andrés ha sido declarada reserva de la biosfera y en ella abundan las oportunidades para hacer ecoturismo. Una de las actividades favoritas es la observación de diversas especies de pájaros exóticos alrededor de la laguna Big Pond.

 

Una vez llegada la tarde, hay que pasear por North End, la zona con casas inglesas de madera y la iglesia bautista más antigua de Sudamérica (¡transportada pieza por pieza desde Alabama), y aventurarse por las colinas de La Loma para conocer el estilo de vida raizal y degustar los platos típicos de la isla (la dulce fruta del pan, rondón —sopa de pescado con leche de coco—, sopa de cangrejo y pescado frito) mientras el reggae alegra la noche.

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